viernes, 17 de junio de 2011
Si ganas igual pierdes
Bitácora
jueves, 9 de junio de 2011
La Universidad que faltó
En tiempos de Revolución, un Ministro, historiador de formación, propuso la creación de 27 nuevas universidades: la de las artes, la de la seguridad, la de las ciencias básicas, la del turismo, la de las telecomunicaciones y la informática, la de los hidrocarburos, la de los idiomas, la de las ciencias económicas y fiscales, la de la salud y la agroalimentaria, más las universidades politécnicas que le darían continuidad a los Institutos Universitarios Tecnológicos en áreas como la informática, la mecánica y la administración; y las territoriales que apalancarían el desarrollo regional. Todas las cuales se sumarían a las Universidades Experimentales viejas y de reciente data casi todas temáticas con acento en la educación, la salud, lo agrícola o la ingeniería. Todo estaba pensado.
Todo menos la formación de nuevas generaciones de científicos sociales y humanistas: trabajadores sociales, sociólogos, geógrafos, psicólogos, filósofos, literatos, politólogos, estadísticos, internacionalista, periodistas, e ¡historiadores! A esos que los forme la derecha en las universidades del stablishment.
Menos mal que la Revolución Bolivariana es Humanista, Venezuela es el aula más grande del mundo y que la República es un Estado de Derecho y de Justicia Social.
¡Aquí no se cansa nadie¡
Tras la derrota que sufrió el Chavismo en el referéndum aprobatorio de la Reforma Parcial de la Constitución que hubiese permitido acelerar la construcción del socialismo, el Comandante Chávez propuso a su militancia enfocar las acciones sucesivas en lo que él denominó las 3R: revisión, reactivación y reimpulso.
Meses después en la perspectiva de las elecciones presidenciales, y de su reelección, el Comandante propuso las 3R2, partiendo de la necesidad de reimpulsarnos, remotivarnos y relanzarnos.
Algunos hemos reinterpretado las 3R y las 3R2 como resistencia, resistencia y más resistencia, siempre a la espera de la radicalización, radicalización, radicalización.Convenios buenos y malos
En alguna ocasión a H. le tocó asesorar a un Ministro del Gobierno Bolivariano en materia de convenios internacionales en el área educativa. Específicamente sobre la pertinencia de un acuerdo con el cual se le otorgaría el título de “Licenciados” a un grupo de Técnicos Superiores Universitarios.
En Venezuela los estudios Superiores Universitarios son equivalentes a tres años de estudios superiores después de la secundaria. En Francia, la “Licence” no es la Licenciatura, aunque fonéticamente se acerque. La “Licence” es la salida profesional intermedia para los estudiantes del tercer año del ciclo universitario. Esa “Licence” puede requerir un permiso para el ejercicio profesional otorgado por el Estado. A eso se le llama “Licence Professionnelle”. Por si no queda claro aún, esto quiere decir, que los “licenciados” franceses no son tales, solo son equivalentes, en años de estudio, a los técnicos superiores universitarios venezolanos. Y quiere decir además que la “licence professionnelle” es sólo la autorización del Estado para ejercer la profesión u oficio. Para obtener este permiso, el Estado francés coloca a los estudiantes del último año de la carrera como pasantes “industriales” en grandes empresas privadas muchas veces transnacionales con sede en territorio galo.
El convenio en cuestión contemplaba el envío de 300 técnicos venezolanos a Francia, para que obtuvieran la “Licenciatura”, que en realidad no era tal… Tras la realización de las llamadas pasantías industriales, los técnicos venezolanos obtendrían del gobierno francés un permiso para ejercer su profesión que el Estado venezolano no requiere.
H. propuso que no se firmara nada, pero se firmó y su nombre se sumó a la larga lista de gente despedida por honesta. Los técnicos se fueron y fracasaron o los estafaron. Luego el Ministro se hizo diputado y el proponente se hizo viceministro. Siglo XX (y XXI) ¡Cambalache!
La caducidad de Marx
En una clase sobre las críticas al estructural funcionalismo una estudiante intervino para decir, con el habitual sonsoneo de la banalidad: “profe: a conciencia, Durkheim es más fino que Marx”.
Tan discretamente como pudo D. se burló de la inmadurez de su apreciación. Pero en lugar de argumentar su convicción se defendió abriendo su polvera y corrigiendo el maquillaje de sus ojos.
Una semana más tarde la misma chica intervino a propósito de las palabras de un compañero para señalar que la única razón por la que estudiaría a Marx era el hecho de que así se lo exigía la Universidad, pero que en realidad le parecía irrelevante vista la caducidad de sus planteamientos. Caducidad que a su vez le atribuía al hecho de que el hombre hubiese vivido hace 150 años.
D. sintió que Carlitos se revolcaba en su tumba y le preguntó si pensaba que las leyes del mercado estaban igualmente caducas: “No! -dijo… por supuesto que no!!!”
D. intentó un argumento más explícito y le señaló que si le parecían caducos los planteamientos de Marx por viejos, había un problema, visto que las leyes del mercado habían sido expuestas bastante antes de la publicación del Capital por un señor llamado Adam Smith. Sin poder responder, tomó su bolsa y abandonó el salón de clases con sus ojos perfectamente maquillados.
Con el tiempo D. descubrió que la chica en cuestión era militante de un partido de extrema derecha. Escuchando esta anécdota cualquiera se regocija pensando que a la derecha le faltan argumentos. Pero el regocijo se vuelve rápido en escalofríos cuando se piensa que si no tienen argumentos lo único que les queda es la fuerza bruta.
La boliburguesía como estrato social
En un esfuerzo por mantener sus neuronas activas y pensando que quizás pueda contribuir a sembrarles alguna duda a los jóvenes estudiantes de Sociología de alguna universidad otrora combativa, D. aceptó hacer las veces de docente.
Como en sus tiempos de estudiante estimaba que las clases magistrales era un don de algunos pocos, no quiso aventurarse en esa dinámica. Al contrario trató de procurar el debate para que los estudiantes enfrentaran y quizás conceptualizaran sus propias dudas e intentaran responderlas.
Tratando el tema de la estratificación social como un orden útil para el sistema capitalista desde la perspectiva de la sociología la más conservadora, cuestionó a sus estudiantes sobre la definición de estratos para llevarlos entonces a la definición de clases y de lucha de clases. Como el debate parecía anclado, trató de usar ejemplos de la realidad de todos los días y les preguntó por las clases sociales en Venezuela. Alguien pidió la palabra y escupió: “en la Venezuela contemporánea ha habido transformaciones en la estructura de clases y de acuerdo a lo hemos estudiado hasta ahora, habría que empezar la escala desde arriba con la “Boliburguesía””.
Con pasmosa serenidad D. repreguntó: “y cómo define usted a la boliburguesía?” y él reescupió: “son los bolivarianos que andan en camionetotas”.
Al llegar a casa, y todavía hoy, sus palabras le espantan. La juventud no debería tener derecho a ser de derecha y los bolivarianos rindiendo honores a quien murió con una camisa prestada deberían ser la antitesis de la opulencia.
Trabajo voluntario igual a trabajo doméstico
Inspirado en el Ché, el Comandante Chávez no descansa en invitar a todo el mundo a trabajar por la Revolución más allá de la pequeña zona de confort de la “vanguardia (burguesa) revolucionaria”. Consciente de la importancia del contacto entre los burócratas y el pueblo del que son parte y al que se deben, y de cómo el trabajo voluntario puede ser dignificante, el Comandante continúa su pregón.
Lástima que, en los sustratos más profundos del inconsciente colectivo, pueblo suena a pobre, a rancho y a fealdad. Esa es quizás la razón, la peor de las razones, por la cual, quienes deben organizar el trabajo voluntario, lo organizan pensando en una burda estética de lo urbano, en la cual los brocales son amarillos y a la obra limpia hay que echarle una mano de pintura. Nadie trabaja con la comunidad para conocer sus verdaderas necesidades y aspiraciones.
El trabajo voluntario se entiende como un acto de caridad en el mejor de los casos y como trabajo doméstico, en el peor. ¡Pobres pobres!
¡Suspéndase porque si!
Recientemente D. participó en la organización de un evento cuyo único objetivo era visibilizar los logros del Gobierno Revolucionario y lograr su reconocimiento por cierta instancia internacional integubernamental. Sorpresivamente llegado el día y la hora, ordenaron suspenderlo.
No importaba el auditorio repleto de gente, los medios que transmitían en vivo, ni la presencia de Ministros, mucho menos la de invitados internacionales. La burocracia había tenido un fallo y a alguno de los Ministros no se le informó con la antelación “debida”.
La pelea fue a dentelladas pero lo lograron: El evento se llevó a cabo. Fue un éxito a pesar del detrás de bastidores. Los burócratas no lo reconocieron y enterraron la cabeza.
Hay egos más grandes que el interés supremo de la Revolución y la humildad se vende cara.
Antes que nada yo soy un funcionario
Cierta vez ocurrió, durante un intercambio telefónico, que D. estuviera en desacuerdo con un funcionario del gobierno revolucionario. Luego de un intercambio acalorado, el susodicho funcionario sentenció “yo no discuto más con usted, antes que nada yo soy un funcionario”.
Más allá de las dudas que esta sentencia despertaría en cualquiera sobre la quintaesencia de un funcionario, ella nos remite a las sabias palabras de un gran Ministro: “la cosa no es ser Ministro, el peligro está en creerse Ministro”.
La terciarización de los servidores de la Revolución
En plena construcción del socialismo, la Ley del Trabajo en Venezuela constituye un verdadero anclaje en el pasado. Pero peor que la ley parece ser la práctica.
Como la Revolución no llegó por las armas, las estructuras burocráticas y administrativas del Estado siguen repletas de funcionarios de la vieja guardia, en su mayoría educados en la corrupción y en la negligencia.
La Revolución enfrenta estas estructuras por la vía de los hechos con la incorporación de un número importante de funcionarios de un muy alto nivel político y profesional que tiene la enorme responsabilidad de asumir las políticas de gobierno y echarlas a andar, a pesar de la vieja guardia allí anquilosada.
La Revolución, sin embargo, no ha podido enfrentar lo que es realmente medular en este asunto: la estructura de privilegios que abriga el aparato del Estado.
Así las cosas, los revolucionarios devenidos en funcionarios (dije bien revolucionarios) son verdaderos infiltrados en el Estado que no gozan de la simpatía de la vieja guardia, ni de sus privilegios, pero que de hecho tampoco disfrutan de los derechos inherentes a su condición de trabajadores.
A los revolucionarios se los contrata por honorarios profesionales, es decir, a la vieja usanza de las profesiones liberales. A los revolucionarios no se les da continuidad laboral, ni se les ofrecen reales oportunidades de ingresar y permanecer en la carrera administrativa ¡porque la estabilidad laboral es un lujo pequeño burgués! A los revolucionarios se les patea desde adentro y desde afuera, y lo hace la vieja guardia y la nueva también. Los revolucionarios son terciarizados y poco a poco expulsados del aparato del Estado y de la Revolución.
El sistema vive, se defiende y se reproduce.
Cada ente planifica como quiere
El Plan Operativo Anual, mejor conocido como POA en la jerga de los burócratas, es el instrumento de planificación centralizada diseñado por el gobierno revolucionario en Venezuela.
No obstante su carácter centralizado algunos burócratas expertos de la planificación lo ven como el espacio para darle rienda suelta a su creatividad.
En cierto Ministerio del Poder Popular las sencillísimas planillas del POA se transforman en cientos de planillas incomprensibles que voltean incluso el concepto mismo de Planificación por Proyecto y lo transforman en agenda de eventos.
Así, lo que debería ser el summun de la planificación centralizada socialista se transforma en una interminable lista de showcitos para impresionar al Comandante.
Parece ser que se impone Oepcha, que no es ninguna divinidad pagana, sino que se traduce en: Otro Embuste pa’ Chávez.