Inspirado en el Ché, el Comandante Chávez no descansa en invitar a todo el mundo a trabajar por la Revolución más allá de la pequeña zona de confort de la “vanguardia (burguesa) revolucionaria”. Consciente de la importancia del contacto entre los burócratas y el pueblo del que son parte y al que se deben, y de cómo el trabajo voluntario puede ser dignificante, el Comandante continúa su pregón.
Lástima que, en los sustratos más profundos del inconsciente colectivo, pueblo suena a pobre, a rancho y a fealdad. Esa es quizás la razón, la peor de las razones, por la cual, quienes deben organizar el trabajo voluntario, lo organizan pensando en una burda estética de lo urbano, en la cual los brocales son amarillos y a la obra limpia hay que echarle una mano de pintura. Nadie trabaja con la comunidad para conocer sus verdaderas necesidades y aspiraciones.
El trabajo voluntario se entiende como un acto de caridad en el mejor de los casos y como trabajo doméstico, en el peor. ¡Pobres pobres!
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